LA VERDAD ME ENCANTA ESTE CUENTO POR LA HISTORIA QUE ES ENTRETENIDA PERO NO SUBO ESTE CUENTO POR ESO LO SUBO PORKE KIERO DESPERTAR LA EMOCION DE TODOS USTEDES POR EL RECICLAJE Y KIERO PEDIRLES KE AYUDEN A ESTE PLANETA RECICLANDO PLANTANDO UN ARBOL TAMBIEN CUIDEN EL AGUA Y NO LA GASTEN PORKE ESTO NO LE AFECTARA A USTEDES Y TAL VEZ A SUS HIJOS PERO ESTOY SEGURA QUE SUS NIETOS SUFRIRAN SU INCEGURIDAD... SEAN ECOLOGICOS... BUENO AHORA EL CUENTO :D
El Hombre
que
plantaba
árboles
Para que el carácter de un ser humano
excepcional muestre sus verdaderas cualidades, es necesario contar con la buena
fortuna de poder observar sus acciones a lo largo de los años. Si sus acciones
están desprovistas de todo egoísmo, si la idea que las dirige es una de
generosidad sin ejemplo, si sus acciones son aquellas que ciertamente no buscan
en absoluto ninguna recompensa más que aquella de dejar sus marcas visibles; sin
riesgo de cometer ningún error, estamos entonces frente a un personaje
inolvidable.
Hace aproximadamente
cuarenta años, yo hacía una larga travesía a pie, en las regiones altas,
absolutamente desconocidas para los turistas, en la vieja región de los Alpes
que penetra hasta La Provenza.
Esta región está delimitada al sureste
por el curso medio del Durance, entre Sisteron y Marabeau; al norte por el curso
superior del Drome, después de su nacimiento, justo al oeste, por las planicies
de Comtant Venaissin y al pie de monte de Mont-Ventoux. Comprende toda la parte
norte del Departamento de Bases - Alpes, el sur del Drome y un pequeño enclave
de Vaucluse.
En el momento en el que emprendí este largo viaje, entre
los 1200 y 1300 metros de altitud, el paisaje estaba dominado por desiertos,
eran tierras tomadas por la monotonía. Lo único que podía crecer ahí eran
lavandas silvestres.
Yo pasaba por esta región en su parte más ancha
cuando después de tres días de camino me encontré en medio de una desolación sin
igual. Acampaba al lado del esqueleto de un pueblo abandonado. Ya no tenía agua.
La que me quedaba del día anterior la había utilizado durante la vigilia y
necesitaba encontrar más. No pude encontrarla. Las casas, de lo que alguna vez
había sido un poblado, estaban aglomeradas al rededor de unas ruinas apiladas,
lo que me hizo pensar que en algún tiempo ahí debió haber habido una fuente o un
pozo. El arreglo de las cinco o seis casitas de piedra con techos volados y
lavados por el viento, y la pequeña capilla daban la apariencia de un pueblo
habitado. Sin embargo, cualquier resquicio de vida había
desaparecido.
Era un hermoso día de junio, pleno de sol, pero en
estas tierras sin abrigo, y a estas alturas del cielo, el viento soplaba con una
brutalidad insoportable. La fuerza con la que el viento golpeaba las carcasas de
las casas era tan violenta como el de una bestia salvaje que es interrumpida
durante sus alimentos.
Era necesario mover mi campamento. A cinco horas
de marcha, no había encontrado agua, ni ningún otro indicio que pudiera darme la
esperanza de encontrarla. Por todas partes era la misma aridez, las mismas
hierbas leñosas. Me pareció percibir a lo lejos una pequeña silueta negra, de
pie. De primera instancia pensé que se trataba de la sombra de un tronco
solitario. Por casualidad, me dirigí hacia ella. Era un pastor. Una treintena de
corderos yacían sobre la tierra ardiente reposando cerca de él.
Me dió
de beber agua de su botella, y un poco más tarde él me condujo hasta su casita
en una ondulación de la meseta. El obtenía su agua -excelente, por cierto- de un
pozo natural muy profundo, en el que él mismo había instalado un malacate muy
rudimentario.
Este hombre hablaba poco. Esta es una práctica común
entre aquellos que viven solos. Sin embargo, se le percibía como un hombre
seguro de sí mismo, confiado en sus convicciones. Me parecía insólita su
presencia en estos lugares tan desprovistos de todo. No vivía en una cabañita,
sino en una verdadera casa de piedra donde saltaba a la vista claramente que él
mismo había restaurado las ruinas con las que se encontró a su arribo. El techo
era sólido y estaba bien fijo. El viento que golpeaba las tejas del techo
producía un ruido similar al del mar cuando golpea en las playas.
Sus
muebles y pertenencias estaban en orden, su bajilla estaba lavada, el piso
estaba pulcramente trapeado, su rifle estaba engrasado; su sopa hervía en el
fuego. Fué entonces cuando me dí cuenta de que también estaba recién afeitado,
que todos sus botones estaban sólidamente cosidos y que su ropa estaba
cuidadosamente remendada, a tal punto, que los parches eran casi
invisibles.
El compartió su sopa conmigo y después de cenar yo le ofrecí
tabaco de mi saquito. Él me comentó que ya no fumaba. Su perro era tan
silencioso como él, era amigable sin llegar a ser ruin.
Rápidamente
entendí que pasaría la noche ahí, el poblado más cercano se encontraba todavía a
más de un día y medio de marcha. Más aún, ya había tenido la oportunidad de
conocer el raro carácter de los habitantes de esta región. Que por cierto, no
era en absoluto recomendable. En las laderas de estas montañas, entre los
matorrales de encinos blancos que están en los extremos de los caminos aptos
para vehículos, hay cuatro o cinco poblados dispersos, lejos los unos de los
otros. Estos poblados están habitados por talamontes que hacen carbón con la
madera. Son lugares donde se vive mal; en las garras de la exasperación. Las
familias viven unas en contra de las otras, en un clima hostil, de rudeza
excesiva, ya sea en el verano o en el invierno, viven amagando su egoísmo aún
más por la irracional desmesura en su deseo de escapar de este
ambiente.
Los hombres llevaban su carbón al pueblo en sus camiones y,
después regresaban. Las más sólidas cualidades se rompen bajo este perpetuo baño
escocés. Las mujeres cocinaban a fuego lento sus rencores. Había competencia en
todo, desde la venta del carbón hasta las bancas de la iglesia; las virtudes se
combaten entre ellas, los vicios y las virtudes se arrebatan unas a otras
haciendo un revoltijo sin reposo. Hay epidemias de suicidios y numerosos casos
de locura casi siempre fatales.
El pastor, que no fumaba, saco un
pequeño saco y vació su contenido sobre la mesa, formando una pila de bellotas.
Se puso a examinarlas una por una, poniendo muchísima atención, separando las
buenas de las malas. Yo fumaba mi pipa y le propuse ayudarle. Él me respondió
que esto era asunto suyo. En efecto, viendo la devoción y cuidado que ponía a su
trabajo, decidí no insistir más. Esa fué toda nuestra conversación durante la
noche. Cuando hubo terminado de separar todas las bellotas que estaban en buen
estado, entonces las contó y las puso en montoncitos de diez. De esta manera iba
haciendo una selección más, eliminando aquellas bellotas que eran muy pequeñas o
aquellas que tenían ligeras grietas. Al terminar, una ves más las examinaba
gravemente. Cuando tuvo enfrente de él cien bellotas perfectas detuvo su tarea,
y entonces nos retiramos a dormir.
La compañía de éste hombre me daba
paz. Al día siguiente, le pedí permiso para quedarme todo el día con él. Él lo
encontró perfectamente natural, o con mayor exactitud, él me daba la impresión
de que nada podría distraerlo. Este descanso no me era absolutamente necesario,
pero yo estaba intrigado, quería saber más acerca de este hombre. Antes de
salir, sumergió en una cubeta con agua el pequeño saco donde había puesto las
bellotas que habían sido seleccionadas y contadas previamente con tanto
cuidado.
Me dí cuenta de que su cayado tenía un triángulo de fierro
tan grueso como un dedo pulgar y de alrededor de un metro cincuenta de largo. Yo
me fuí siguiendo una ruta paralela a la suya. La pastura de sus corderos yacía
en el fondo de un pequeño valle. Él dejó el pequeño rebaño al cuidado del perro
y subió hacia la derecha donde yo me encontraba parado. Me temía que hubiera
venido a reprocharme por mi indiscreción, pero este no fué el caso de ninguna
manera. Era su propio camino, y me invitó a acompañarlo si no tenía nada mejor
que hacer. Continuamos unos doscientos metros más hacia arriba.
Cuando
llegamos al lugar que el quería, comenzó a enterrar su triángulo de fierro en la
tierra. Este hacía un pequeño agujero en él que el ponía una de las bellotas,
que posteriormente cubriría de tierra nuevamente. Él estaba plantando árboles de
encino. Entonces le pregunte si la tierra le pertenecía. Él me respondió que no.
- ¿Sabe de quién es? Él no lo sabía. Suponía que se trataba de una tierra
comunal, o quizás podría ser que se tratara de tierras a cuyos propietarios no
les interesara. De esta manera, él plantó cien bellotas con mucho
cuidado.
Después de los alimentos del medio día, él comenzó una vez
más a seleccionar semillas. Creo que puse demasiada insistencia en mis
preguntas, porque él las respondió una a una. A tres años de haber comenzado, él
continuaba plantando árboles en esta soledad. Él había plantado ya cien mil. De
estos cien mil, veinte mil habían germinado. De estos veinte mil, él consideraba
que todavía se perderían la mitad, por causa de los roedores o por cualquier
otro designio de la Providencia imposible de predecir. Quedarían entonces diez
mil encinos que podrían crecer en este lugar donde antes no había sobrevivido
nada.
Fué en este momento en el que comencé a preguntarme sobre la edad
de este hombre. Era evidente que se trataba de un hombre de más de cincuenta
años. Cincuenta y cinco me dijo. Se llamaba Eleazar Bouffier. Solía tener una
granja en las planicies, donde había vivido la mayor parte de su vida. Había
perdido a su único hijo y después a su mujer. Se retiro a la soledad donde
acogió el placer de vivir lentamente con su rebaño de corderos y su perro. El
había juzgado que este país se estaba mueriendo porque le faltaban árboles.
Añadió entonces que no teniendo nada más importante que hacer había tomado la
resolución de poner remedio a este estado de las cosas.
Viviendo yo
mismo en ese momento una vida solitaria, y a pesar de mi juventud, sabía como
acercarme con delicadeza a aquellas almas solitarias. Aún así, cometí un error.
Fué precisamente mi juventud la que me forzó a imaginar el porvenir en mis
propios términos, y en cierta medida también un anhelo en la búsqueda por
felicidad. Le comenté que dentro de treinta años estos cien mil encinos serían
majestuosos. Me respondió con tal simpleza, que si Dios le prestaba vida, en
treinta años él habría plantado tantos otros que estos diez mil serían tan sólo
como una gota en el mar.
Él había comenzado también a estudiar la
propagación de las hayas. Cerca de su casa había instalado un pequeño vivero
donde crecía los arbolitos. Los sujetos que había protegido de sus corderos con
una pequeña barda, que funcionaba como barrera, estaban creciendo hermosamente.
Él estaba considerando plantar también algunos abedules que serían muy
convenientes para las partes bajas de los valles, donde aclaro que había en
estado latente un poco de humedad que se extendía sobre la superficie del suelo
por algunos metros.
Al siguiente día, nos separamos.
Al año siguiente la guerra del catorce había comenzado. Yo
estuve comprometido en ella por cinco años. Un soldado de infantería apenas y
podía pensar en árboles. A decir verdad, todo este asunto no me había dejado
ninguna impresión. En lo personal la considere como un hobby pueril, como una
colección de timbres y la olvide.
Al terminar la guerra me encontré al
frente a una pequeña desmovilización y con un gran deseo de tomar un pequeño
respiro de aire puro. Sin ninguna otra preconcepción más allá de tomar un nuevo
aliento. Fué así que retomé el camino hacia aquellas tierras
desérticas.
La región no había cambiado. Sin embargo, más allá de ese
poblado abandonado percibí a la distancia una especie de neblina grisácea que
convergía en las alturas de las colinas como una alfombra. A partir de ese
momento no deje de pensar en el pastor que plantaba árboles. Diez mil encinos,
me dije: ocupan un gran espacio verdaderamente.
Había visto morir a
mucha gente durante esos cinco años de guerra, pero no me podía imaginar de
ninguna manera la muerte de Eleazar Bouffier, a pesar de que un hombre de veinte
años piense que un hombre de cincuenta es ya tan viejo que no le resta más que
morir. Él no estaba muerto, en efecto, estaba lleno de vitalidad. Había cambiado
la materia de su interés. Ahora sólo tenía cuatro corderos, pero tenía un
centenar de colmenas. Se había desecho de los corderos porque amenazaban los
retoños de los árboles. Él me comentó entonces que la guerra no lo había
distraído en absoluto, como yo mismo me pude dar cuenta, él continuó con su
labor de cultivador de árboles imperturbablemente.
Los encinos de 1910
ahora tenían 10 años y eran más altos que yo y que él mismo. El espectáculo era
impresionante. Yo me quede literalmente privado de la palabra. Como él, no podía
hablar más. Pasamos todo el día en silencio caminando por su bosque. Estaba
divido en tres secciones, el largo total era de once kilómetros, y en su punto
más ancho la sección era de tres kilómetros. Cuando caí en la cuenta de que todo
esto había florecido de las manos y del alma de este único hombre solo, sin
ningún avance técnico en su herramienta, comprendí que los hombres pueden llegar
a ser tan eficaces como Dios en otros dominios además de el de la
destrucción.
Él había perseguido su ideal, prueba faciente de ello era
que las hayas habían alcanzado mis hombros y se habían extendido tan lejos como
la vista podía alcanzar. Los encinos eran ahora robustos y frondosos, habían ya
pasado la edad en la que estaban a la merced de los roedores y en cuanto a los
designios de la Providencia, si deseaba destruir la obra creada, se necesitaría
de un ciclón. Él me mostró sus admirables parcelas de abedules que databan de
cinco años atrás, es decir de 1915; cuando yo tuve que estar combatiendo en
Verdún. Él los había plantado en las partes bajas del valle, donde había
sospechado, con justa razón, que había humedad justo a flor de tierra. Eran tan
tiernos como jóvenes adolescentes, y muy decididos.
La creación estaba
en el aire, por doquiera, se veía como la sucesión estuviera tomando su propio
camino. Él no se preocupaba, se ocupaba. Perseguía obstinadamente su objetivo.
Era tan simple como eso. Al descender por el poblado, pude ver agua correr en
los arroyos que en la memoria de los hombres, habían estado siempre secos. Era
la más extraordinaria reacción en cadena la que este hombre me había dado la
oportunidad de presenciar. Estos arroyos secos que en tiempos muy antiguos
habían llevado agua, habían vuelto a florecer. Algunos de estos tristes
poblados, de los que había comentado al comienzo de mi relato, estaban
construidos sobre edificios de antiguas ciudades galo-romanas, donde aún
quedaban algunos trazos de estas antiguas culturas. Ahí, los arqueólogos habían
encontrado anzuelos de pesca, en lo que en tiempos más recientes habían sido
cisternas para abastecer de un poco de agua a estos secos lugares.
El
viento dispersaba también algunas semillas. Al mismo tiempo que el agua
reapareció, reaparecieron los sauces, las enredaderas, los prados, los jardines,
las flores y positivas razones para vivir.
Realmente la transformación
había tenido lugar de manera tan paulatina que había penetrado y se había
instalado en la costumbre sin provocar ningún sobresalto o sorpresa. Los
cazadores que subían a la soledad de las montañas para perseguir liebres o
jabalíes habían constatado también la presencia de pequeños árboles. Sin
embargo, atribuían los cambios a los procesos naturales de la tierra. Esta era
la razón por la que nadie había tocado su obra, porque nadie en absoluto había
llegado a estar en contacto con este hombre. Era insólito. ¿Quién podría
imaginar que en estos poblados y administraciones, que existiera alguien con tal
obstinación y poseedor de una generosidad extrema que llegase al punto de ser
sublime?
A partir de 1920, no dejé pasar
más de un año sin ir a visitar a Eleazar Bouffier. Jamás lo ví decaer, ni dudar.
A pesar de que sólo Dios sabe los sin sabores que hubo de superar. Para obtener
el éxito en su empresa fué necesario superar muchas adversidades y luchar contra
la desesperación. Baste decir que durante un año había logrado plantar diez mil
arces y todos murieron. Al siguiente año de este suceso, decidió abandonar los
arces y volver a plantar hayas. Estas lograron crecer sanas y con mayor
esplendor que los encinos.
Para tener una idea más precisa del carácter
excepcional de nuestro personaje, no hace falta más que recordar que vivía en
una soledad total, sí total, a tal punto que hacía el final de su vida había
perdido la costumbre de hablar. O quizás: ¿Era que ya no había visto la
necesidad de hacerlo?
En 1933 recibió la visita de un guardia
forestal atolondrado. Este funcionario le advirtió de no provocar fuegos a la
intemperie, ya que podría a poner en riesgo el bosque "natural". Fué la primera
vez que un hombre le dijera de forma tan pueril que había visto crecer este
bosque por sí solo, de manera espontánea. En este tiempo él estaba pensando en
plantar hayas en un claro a doce kilómetros de su casa. Para evitar el ir y
venir de ese sitio, - ya que para aquel entonces él contaba ya con setenta y
cinco años de edad-, estaba ambicionando construir una pequeña casita de piedra
en el lugar mismo donde se encargaría de plantar los árboles. Esto fué lo que
hizo al año siguiente.
En 1935, un verdadero delegado de la
administración vino a examinar "el bosque natural". Había con él un personaje
importante del Ministerio de Aguas y Bosques, un diputado y técnicos. Se
pronunciaron muchas palabras inútiles. Se decidieron hacer algunas cosas y,
afortunadamente, no se hizo nada; excepto por una medida verdaderamente útil: se
puso al bosque bajo la salvaguarda del Estado, y se prohibió que se viniera a
hacer carbón. Era evidente que era imposible no ser subyugado ante la belleza de
estos jóvenes árboles plenos de salud. Este bosque ejercía sus poderes
seductivos incluso en el mismo diputado.
Yo tenía un amigo entre los
directores del departamento forestal que estaban en la delegación. Le explique
lo que para él era un misterio. Un día de la siguiente semana, fuimos los dos
juntos a buscar a Eleazar Bouffier. Lo encontramos en pleno trabajo, a veinte
kilómetros del sitio donde se había realizado la inspección
anterior.
Este capitán forestal no era mi amigo nada más porque sí. Él
conocía el verdadero valor de la cosas. El sabía permanecer en silencio. Le
ofrecí algunos huevos que había traído conmigo como regalo; dividimos nuestros
alimentos en tres y pasamos algunas horas sin decir ninguna palabra, en la
contemplación del paisaje.
La ladera donde estábamos estaba cubierta por
árboles de seis a siete metros de alto. Yo recordé el aspecto del sitio en 1913:
un desierto... El trabajo apacible y regular, el aire lleno de vitalidad de las
alturas, la frugalidad, y sobretodo la serenidad de su alma le habían dado a
este hombre una salud casi solemne. Era un atleta de Dios. Me preguntaba cuántas
hectáreas más él habría todavía de cubrir con árboles.
Antes de partir,
mi amigo hizo una simple sugerencia concerniente a algunas especies de árboles
para las que el terreno parecía especialmente adecuado. Él no insistió más. Por
una muy buena razón. Me aclaro después. Este buen hombre sabe mucho más que yo.
A una hora más de camino, - esta idea se le había fijado en su pensamiento, y
entonces agregó:"Él sabe mucho más que todo el mundo". Él había encontrado un
motivo para sentirse orgulloso y feliz.
Fué gracias a este capitán
forestal que no solamente el bosque fué protegido, sino que junto con él la
felicidad de este hombre. Hizo nombrar a tres guardias forestales para la
protección de los territorios. Los ubico de tal manera que permanecieran
indiferentes a cualquier cantidad de vino que los talamontes pudieran ofrecer
como soborno.
La obra no estuvo en riesgo grave, salvo en la guerra
de 1939; cuando los automóviles comenzaron a entrar por madera, pues nunca había
suficiente. Comenzaron a talar algunos de los encinos de las parcelas de 1910.
Por suerte, estos bosques están tan lejos de cualquier arroyo o camino que no
resultó costeable seguir extrayendo la madera y la compañía decidió pronto
abandonar esta extracción. El pastor no vió nada. Él estaba a treinta kilómetros
del sitio, y continuaba pacíficamente con su labor, tan imperturbable por la
guerra de 39 como lo había estado por la guerra de 14.
Ví por última vez a Eleazar Bouffier en 1945. Tenía
entonces ochenta y siete años. Yo había retomado de nueva cuenta el camino del
desierto, sólo para encontrarme ahora con lo que a pesar de todo había dejado
como legado la guerra en esa región. Había un carro que hacía la ruta entre el
Valle del Durance y la montaña. Yo me apreste a tomar este relativamente rápido
medio de transporte, pues los cambios eran tan grandes que yo no pude reconocer
el lugar de mis últimas visitas. Me pareció también que el trayecto me hacía
pasar por lugares nuevos. Me ví obligado a preguntar el nombre del poblado, para
estar bien seguro que esta era la región que en otros tiempos había visto en
ruinas y desolación. El carro me dejó en Vergons.
En 1913, en este
pequeño caserío había diez o doce casas con tres habitantes. Estas gentes eran
salvajes, detestándose los unos a los otros, siempre en eterno conflicto y
pillaje. Física y moralmente, ellos parecían hombres prehistóricos. Eran
devorados por el contorno de las paredes de las casas abandonadas. Su condición
era de total desesperanza. Parecía que sólo estaban esperando a que la muerte
los encontrara. Una condición que claramente no los predisponía a cultivar
ninguna virtud.
Todo había cambiado. Incluso el aire mismo. En el lugar
de borrascas secas que en otros tiempos había sido, ahora soplaba suavemente una
brisa con dulce olor. Un sonido que recuerda el del correr del agua que cae de
las alturas. Pasaba lo mismo con el viento que ululaba entre los árboles del
bosque. En fin, lo más asombroso de todo era que se escuchaba el ruido del agua
que circulaba hacía un verdadero pozo. Ví que habían construido una fuente, y
que había abundante agua en ella; lo que me estremeció más es que junto a esta
fuente habían plantado limoneros que tenían por lo menos cuatro años y que ya
habían crecido gruesos. Eran un símbolo de la indisputable
resurrección.
Más aún Vergons mostraba ya signos de trabajo, de
aquellos que tienen por condición necesaria la presencia de la esperanza. La
esperanza había retornado. Habían limpiado las ruinas, habían tirado las paredes
rotas, y habían reconstruido las cinco casas. El poblado contaba ahora con
veintiocho habitantes que incluía a cuatro parejas jóvenes. Las casas nuevas,
recién remozadas estaban rodeadas por jardines, hortalizas y verduras
entremezcladas con malezas alineadas, había legumbres y flores, coles y rosales,
puerros y albahaca, apios y anémonas. Era ahora un lugar donde cualquiera
estaría encantado de vivir.
A partir de este poblado seguí mi camino a
pie. La guerra de la que a penas estábamos saliendo, no nos permitía más que
reincorporarnos pausadamente a la vida. Sin embargo, Lázaro estaba fuera de su
tumba. En los flancos de las montañas ví campos verdes de cebada y de centeno en
hierba. Al fondo podía ver algunas praderas que reverdecían.
Nos separan
ahora ocho años desde que ví a toda esta región florecer con una suave ligereza
que resplandecía de verdor. Los despojos de las ruinas que había visto en 1913,
ahora mantenían granjas prósperas, que proporcionaban una vida feliz y
confortable. Los viejos manantiales eran alimentados por agua de lluvia y nieve
que ahora podía ser alojada y retenida por los bosques; el agua volvía a correr
recuperando su ciclo natural. Parte del agua se había acanalado. Bordeando a
cada granja había arboledas de pinos y arces, los manantiales de agua estaban
bordeados por carpetas de mentas frescas. Los poblados estaban siendo
reconstruidos poco a poco. Una población venida de las planicies donde la tierra
era muy cara llegaron a establecerse, trayendo con ellos juventud, movimiento y
espíritu de aventura. Ahora se encuentran por los caminos hombres y mujeres bien
nutridos, jóvenes y muchachas que saben reír, y que han retomado el gusto por
las fiestas de la campiña. Si reencontramos a la antigua población, ahora
veremos que es irreconocible por su dulzura y plenitud por la vida. Contando a
los nuevos llegados, tenemos a más de diez mil personas que le deben su
felicidad a Eleazar Bouffier.
Cuando
reflexiono que un solo hombre confiado en sus simples recursos físicos y morales
fué suficiente para hacer surgir de un desierto esta tierra de Cannan, me doy
cuenta que a pesar de todo, la condición humana es admirable. Pero, cuando hago
un recuento de lo que puede crear, la constancia, la generosidad y la grandeza
de un alma resuelta a lograr su objetivo, soy presa de un inmenso respeto por
aquel viejo campesino sin cultura que a su manera supo como materializar una
obra digna de Dios.
Eleazar Bouffier murió apaciblemente en 1947 en
el asilo de Banon.
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